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Ventajas del libre comercio

hace 1 año| visto 4261 veces

Comercio libre

Comercio libre

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El comercio libre, libre comercio o libertad de comercio, es un concepto económico que puede entenderse hacia el comercio interior y hacia el exterior. Hacia el interior es equivalente a la libertad de empresa en una economía de libre mercado (libertad económica), y se refiere a la ausencia de obstáculos que impidan el acceso de los agentes económicos a la actividad comercial, expresándose en distintas libertades (libertad de precios, libertad de horarios, libertad de apertura de establecimientos, libertad de contratación, etc.). El liberalismo económico sostiene que los principales obstáculos a la libertad de comercio interior son el intervencionismo del estado y la conformación de grupos de interés: sindicatos, patronales, o, históricamente, los gremios que durante el Antiguo Régimen establecían rígidas reglamentaciones para obstaculizar el acceso a los oficios, industrias y comercios.

En el ámbito del comercio exterior, el comercio libre es la vía opuesta al proteccionismo, y se basa en la ausencia de aranceles y de cualquier forma de barreras comerciales, (contingentes, cupos, reglamentos gubernamentales, requisitos teóricamente sanitarios o de calidad) destinadas a obstaculizar el intercambio de productos entre países que funcionan como unidades económicas separadas (mercado nacional) por efecto de su legislación, de su fiscalidad, de su moneda, de sus instituciones económicas, etc. El libre comercio supone la eliminación de barreras artificiales al comercio voluntario entre individuos y empresas de diferentes países. Es la expresión de la posición librecambista frente a la proteccionista en economía.

En una zona libre comercio los países firmantes del tratado se comprometen a anular entre sí los aranceles en frontera, es decir, los precios de todos los productos comerciales entre ellos serán los mismos para todos los integrantes de la zona, de forma que un país no puede aumentar (mediante aranceles a la importación) el precio de los bienes producidos en otro país que forma parte de la zona de libre comercio.

El comercio internacional es a menudo restringido por diferentes impuestos nacionales, aranceles, impuestos a los bienes exportados e importados, así como otras regulaciones no monetarias sobre bienes importados. El libre comercio se opone a todas estas restricciones.

Su premisa básica es que las restricciones impuestas por los gobiernos al intercambio voluntario de bienes y servicios perjudican a la economía y disminuyen el volumen de comercio.

Sus defensores se dividían entre Utilitarios, que defendían el pragmatismo y las ventajas de incrementar el comercio, y los Manchesterianos (o liberales) que defendían el derecho fundamental de todo hombre a intercambiar libremente su propiedad con nacionales y extranjeros.

Su mayor victoria fue la derogación de las Leyes de Cereales por parte de Robert Peel en 1846 tras una larga y célebre campaña por parte de Cobden y Bright.

Desde 1950, cuando Robert Schuman lanza la idea que lleva a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), lo que constituye el inicio de la actual Unión Europea (UE), esta organización ha implementado distintas formas de libre comercio entre sus miembros mediante las zonas francas.

En 1994, los Estados Unidos (EE.UU.) iniciaron su primer ejercicio de libre comercio con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que incluye a México y Canadá.

Índice

Argumentos a favor y en contra

Algunos de los acuerdos que han sido denominados «libre comercio» por sus proponentes, pueden en realidad crear barreras al mercado libre. Los críticos de estos tratados los ven como una forma de protección estatal de los intereses de las empresas multinacionales. Otros más críticos aún como los anarquistas piensan que sencillamente la retórica del «libre comercio» o «libre mercado» ha sido cooptada por las élites económicas para favorecer el corporativismo y no el comercio libre. Véase liberalismo vulgar.

Los partidarios del comercio justo reclaman que no haya intervenciones o subsidios que distorsionen los precios.

Existe un debate permanente de si el libre comercio ayudará o no a las naciones del tercer mundo. Se cuestiona incluso si el libre comercio es conveniente o no para el mundo desarrollado.

Muchos economistas argumentan que el libre comercio mejora la calidad de vida a través de la teoría de la ventaja comparativa y de las economías de escala. Otros argumentan que el libre comercio permite a los Países desarrollados explotar a los países del tercer mundo, destruyendo la industria local de estos países. En contraposición se ha dicho que el libre comercio afecta al mundo desarrollado por la pérdida de empleos de estas naciones, los cuales se mueven a otros países, produciendo una carrera hacia el abismo que genera un deterioro general de los estándares de salud y seguridad. Como argumento a favor, el libre comercio supone un estímulo a los países a depender económicamente entre sí, con lo cual se disminuyen las posibilidades de enfrentarse e ir a una guerra.

Algunas descripciones de la ventaja comparativa están basadas en la condición necesaria de «inmovilidad de capital». Si los recursos financieros se pueden mover libremente entre distintos países, la ventaja de la teoría comparativa se erosiona, y hay un dominio de quien tiene la ventaja absoluta. Dada la apertura de flujos de capital que acompañó los acuerdos de libre comercio de la década de 1990, la condición de «inmovilidad de capital» no tiene ya validez. Como consecuencia, se puede argumentar que la teoría económica de la ventaja comparativa no puede utilizarse como soporte a la teoría de libre comercio. Sin embargo, como lo ha expresado el economista Paul Krugman, el teórico económico del siglo XIX David Ricardo, quien formuló la doctrina de la ventaja comparativa, vivió él mismo un periodo de alta movilidad de capitales.

La implementación actual del libre comercio ha sido muy criticada. Una queja común es que los países desarrollados tienden a presionar al tercer mundo para que abran sus mercados a los productos industriales y agrícolas de las naciones desarrolladas, a la vez que se oponen a abrir sus mercados a los productos agrícolas del tercer mundo. Una argumento a favor del libre comercio es que las barreras comerciales como cuotas de importación y subsidios agrícolas no permiten competir a los agricultores del tercer mundo en sus mercados locales y menos aún en el comercio mundial, incrementando así la pobreza en los países en vía de desarrollo.

Adicionalmente se ha resaltado que el concepto actual de libre comercio favorece el movimiento libre de productos y empresas, lo cual es favorable para los países desarrollados, pero esto no va a la par con el libre movimiento de trabajadores, lo cual favorecería a las naciones del tercer mundo.

Algunos sugieren que el libre comercio genera cambios demasiado rápidos en las condiciones de vida y en el mercado laboral profesional.

Libertad de comercio en la España de la Ilustración

Notas

Enlaces externos

Comercio libre

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El comercio libre, libre comercio o libertad de comercio, es un concepto económico que puede entenderse hacia el comercio interior y hacia el exterior. Hacia el interior es equivalente a la libertad de empresa en una economía de libre mercado (libertad económica), y se refiere a la ausencia de obstáculos que impidan el acceso de los agentes económicos a la actividad comercial, expresándose en distintas libertades (libertad de precios, libertad de horarios, libertad de apertura de establecimientos, libertad de contratación, etc.). El liberalismo económico sostiene que los principales obstáculos a la libertad de comercio interior son el intervencionismo del estado y la conformación de grupos de interés: sindicatos, patronales, o, históricamente, los gremios que durante el Antiguo Régimen establecían rígidas reglamentaciones para obstaculizar el acceso a los oficios, industrias y comercios.

En el ámbito del comercio exterior, el comercio libre es la vía opuesta al proteccionismo, y se basa en la ausencia de aranceles y de cualquier forma de barreras comerciales, (contingentes, cupos, reglamentos gubernamentales, requisitos teóricamente sanitarios o de calidad) destinadas a obstaculizar el intercambio de productos entre países que funcionan como unidades económicas separadas (mercado nacional) por efecto de su legislación, de su fiscalidad, de su moneda, de sus instituciones económicas, etc. El libre comercio supone la eliminación de barreras artificiales al comercio voluntario entre individuos y empresas de diferentes países. Es la expresión de la posición librecambista frente a la proteccionista en economía.

En una zona libre comercio los países firmantes del tratado se comprometen a anular entre sí los aranceles en frontera, es decir, los precios de todos los productos comerciales entre ellos serán los mismos para todos los integrantes de la zona, de forma que un país no puede aumentar (mediante aranceles a la importación) el precio de los bienes producidos en otro país que forma parte de la zona de libre comercio.

El comercio internacional es a menudo restringido por diferentes impuestos nacionales, aranceles, impuestos a los bienes exportados e importados, así como otras regulaciones no monetarias sobre bienes importados. El libre comercio se opone a todas estas restricciones.

Su premisa básica es que las restricciones impuestas por los gobiernos al intercambio voluntario de bienes y servicios perjudican a la economía y disminuyen el volumen de comercio.

Sus defensores se dividían entre Utilitarios, que defendían el pragmatismo y las ventajas de incrementar el comercio, y los Manchesterianos (o liberales) que defendían el derecho fundamental de todo hombre a intercambiar libremente su propiedad con nacionales y extranjeros.

Su mayor victoria fue la derogación de las Leyes de Cereales por parte de Robert Peel en 1846 tras una larga y célebre campaña por parte de Cobden y Bright.

Desde 1950, cuando Robert Schuman lanza la idea que lleva a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), lo que constituye el inicio de la actual Unión Europea (UE), esta organización ha implementado distintas formas de libre comercio entre sus miembros mediante las zonas francas.

En 1994, los Estados Unidos (EE.UU.) iniciaron su primer ejercicio de libre comercio con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que incluye a México y Canadá.

Índice

Argumentos a favor y en contra

Algunos de los acuerdos que han sido denominados «libre comercio» por sus proponentes, pueden en realidad crear barreras al mercado libre. Los críticos de estos tratados los ven como una forma de protección estatal de los intereses de las empresas multinacionales. Otros más críticos aún como los anarquistas piensan que sencillamente la retórica del «libre comercio» o «libre mercado» ha sido cooptada por las élites económicas para favorecer el corporativismo y no el comercio libre. Véase liberalismo vulgar.

Los partidarios del comercio justo reclaman que no haya intervenciones o subsidios que distorsionen los precios.

Existe un debate permanente de si el libre comercio ayudará o no a las naciones del tercer mundo. Se cuestiona incluso si el libre comercio es conveniente o no para el mundo desarrollado.

Muchos economistas argumentan que el libre comercio mejora la calidad de vida a través de la teoría de la ventaja comparativa y de las economías de escala. Otros argumentan que el libre comercio permite a los Países desarrollados explotar a los países del tercer mundo, destruyendo la industria local de estos países. En contraposición se ha dicho que el libre comercio afecta al mundo desarrollado por la pérdida de empleos de estas naciones, los cuales se mueven a otros países, produciendo una carrera hacia el abismo que genera un deterioro general de los estándares de salud y seguridad. Como argumento a favor, el libre comercio supone un estímulo a los países a depender económicamente entre sí, con lo cual se disminuyen las posibilidades de enfrentarse e ir a una guerra.

Algunas descripciones de la ventaja comparativa están basadas en la condición necesaria de «inmovilidad de capital». Si los recursos financieros se pueden mover libremente entre distintos países, la ventaja de la teoría comparativa se erosiona, y hay un dominio de quien tiene la ventaja absoluta. Dada la apertura de flujos de capital que acompañó los acuerdos de libre comercio de la década de 1990, la condición de «inmovilidad de capital» no tiene ya validez. Como consecuencia, se puede argumentar que la teoría económica de la ventaja comparativa no puede utilizarse como soporte a la teoría de libre comercio. Sin embargo, como lo ha expresado el economista Paul Krugman, el teórico económico del siglo XIX David Ricardo, quien formuló la doctrina de la ventaja comparativa, vivió él mismo un periodo de alta movilidad de capitales.

La implementación actual del libre comercio ha sido muy criticada. Una queja común es que los países desarrollados tienden a presionar al tercer mundo para que abran sus mercados a los productos industriales y agrícolas de las naciones desarrolladas, a la vez que se oponen a abrir sus mercados a los productos agrícolas del tercer mundo. Una argumento a favor del libre comercio es que las barreras comerciales como cuotas de importación y subsidios agrícolas no permiten competir a los agricultores del tercer mundo en sus mercados locales y menos aún en el comercio mundial, incrementando así la pobreza en los países en vía de desarrollo.

Adicionalmente se ha resaltado que el concepto actual de libre comercio favorece el movimiento libre de productos y empresas, lo cual es favorable para los países desarrollados, pero esto no va a la par con el libre movimiento de trabajadores, lo cual favorecería a las naciones del tercer mundo.

Algunos sugieren que el libre comercio genera cambios demasiado rápidos en las condiciones de vida y en el mercado laboral profesional.

Libertad de comercio en la España de la Ilustración

Notas

Enlaces externos

Qué es el libre comercio

Fichero: imagenes\fotosdeldia\Qué_es_el_libre_comercio.pdf Tamaño: 97.6 KB Autor: pdesanroman

Europa y EEUU negocian el mayor acuerdo de libre comercio de la historia

La Unión Europea y Estados Unidos van a comenzar las negociaciones para crear una zona de libre comercio que representará casi la mitad del Producto Interior Bruto mundial y un tercio del comercio global. El objetivo es cerrar el acuerdo en menos de dos años y según los cálculos de la Comisión Europea, un tratado ambicioso podría generar, para 2027, un PIB añadido de 86.000 millones de euros para la UE y de 65.000 millones para EEUU.

El presidente de EEUU, Barack Obama, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso y el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy han emitido un comunicado conjunto por el que se comprometen a "iniciar los procedimientos necesarios para lanzar las negociaciones para un Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión".

"A través de esta negociación, EEUU y la UE tendrán la oportunidad no solamente de expandir el comercio y la inversion a través del Atlántico, sino de contribuir al desarrollo de normas globales que pueden reforzar el sistema de comercio multilateral", asegura el comunicado conjunto.

Este comunicado viene precedido por el informe elaborado por el "Grupo de Trabajo de Alto Nivel sobre Empleo y Crecimiento", creado en noviembre de 2011 por la UE y EEUU, y que recomendaba el inicio de estas negociaciones.

Según los últimos datos disponibles, la balanza comercial de bienes arroja un superávit para la UE de 76.300 millones de euros (2011) y la de servicios, un déficit de 3.400 millones (2010. La inversión directa de la UE en EEUU y viceversa ronda los 1,2 billones de euros (2010).

Objetivos de la negociación
Mediante el acuerdo, EEUU y la UE tratarán de eliminar aranceles y abrir sus respectivos mercados a la inversión, los servicios y la contratación pública, pero sobre todo intentarán homogeneizar los estándares y requisitos para comercializar bienes y servicios. La Comisión Europea asegura que la necesidad de adaptar los productos a los requisitos técnicos, medioambientales, sanitarios y de seguridad del otro país equivale "a un arancel de entre el 10% y el 20%, cuando el arancel clásico medio ronda el 4%".

El trabajo se organizará en torno a tres pilares: acceso a los mercados, barreras comerciales no arancelarias y oportunidades y desafíos globales del siglo XXI.

Acceso a los mercados
El objetivo de ambas partes es "acercarse lo máximo posible a una elminación total de todos los aranceles del comercio transatlántico en bienes industriales y agrícolas". En estos momentos, estas barreras suponen un coste del 5,2% para la UE y del 3,5% para Estados Unidos.

En cuanto a los servicios, la idea es "abrir su sector servicios, como mínimo, tanto como se ha logrado en otros acuerdos comerciales hasta la fecha"; además de expandirlo a otras áreas, como el transporte.

Sobre Inversión, EEUU y la UE quieren "alcanzar los niveles más altos de liberalización y protección de las inversiones" alcanzados hasta la fecha en otros acuerdos comerciales.

Y en cuanto a contratos públicos, el acuerdo pretende dar acceso a las compañías en todos los niveles de gobierno, sin discriminación alguna.

Asuntos regulatorios y barreras no arancelarias
En estos momentos, cumplir con los requisitos técnicos, medioambientales y de seguridad para comercializar un producto a ambos lados del Atlántico puede suponer el equivalente a un arancel de entre el 10% y el 20%. "El objetrivo del acuerdo es reducir costes innecesarios y retrasos para las compañías, a la vez que se mantienen altos niveles de sanidad, seguiridad y protección al consumidor y al medioambiente".

Esto afecta directamente a productos alimentarios, químicos, automovilísticos, farmacéuticos y sanitarios.

Oportunidades y desafíos globales del siglo XXI
Además, EEUU y la UE tratarán de alcanzar posiciones comunes en temas como la propiedad intelectual -"para mantener y promover un alto nivel de protección"-, desarrollo y comercio sostenible, empresas públicas, materias primas, pymes y transparencia.

La Unión Europea y Estados Unidos van a comenzar las negociaciones para crear una zona de libre comercio que representará casi la mitad del Producto Interior Bruto mundial y un tercio del comercio global. El objetivo es cerrar el acuerdo en menos de dos años y según los cálculos de la Comisión Europea, un tratado ambicioso podría generar, para 2027, un PIB añadido de 86.000 millones de euros para la UE y de 65.000 millones para EEUU.

El presidente de EEUU, Barack Obama, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso y el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy han emitido un comunicado conjunto por el que se comprometen a "iniciar los procedimientos necesarios para lanzar las negociaciones para un Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión".

"A través de esta negociación, EEUU y la UE tendrán la oportunidad no solamente de expandir el comercio y la inversion a través del Atlántico, sino de contribuir al desarrollo de normas globales que pueden reforzar el sistema de comercio multilateral", asegura el comunicado conjunto.

Este comunicado viene precedido por el informe elaborado por el "Grupo de Trabajo de Alto Nivel sobre Empleo y Crecimiento", creado en noviembre de 2011 por la UE y EEUU, y que recomendaba el inicio de estas negociaciones.

Según los últimos datos disponibles, la balanza comercial de bienes arroja un superávit para la UE de 76.300 millones de euros (2011) y la de servicios, un déficit de 3.400 millones (2010. La inversión directa de la UE en EEUU y viceversa ronda los 1,2 billones de euros (2010).

Objetivos de la negociación
Mediante el acuerdo, EEUU y la UE tratarán de eliminar aranceles y abrir sus respectivos mercados a la inversión, los servicios y la contratación pública, pero sobre todo intentarán homogeneizar los estándares y requisitos para comercializar bienes y servicios. La Comisión Europea asegura que la necesidad de adaptar los productos a los requisitos técnicos, medioambientales, sanitarios y de seguridad del otro país equivale "a un arancel de entre el 10% y el 20%, cuando el arancel clásico medio ronda el 4%".

El trabajo se organizará en torno a tres pilares: acceso a los mercados, barreras comerciales no arancelarias y oportunidades y desafíos globales del siglo XXI.

Acceso a los mercados
El objetivo de ambas partes es "acercarse lo máximo posible a una elminación total de todos los aranceles del comercio transatlántico en bienes industriales y agrícolas". En estos momentos, estas barreras suponen un coste del 5,2% para la UE y del 3,5% para Estados Unidos.

En cuanto a los servicios, la idea es "abrir su sector servicios, como mínimo, tanto como se ha logrado en otros acuerdos comerciales hasta la fecha"; además de expandirlo a otras áreas, como el transporte.

Sobre Inversión, EEUU y la UE quieren "alcanzar los niveles más altos de liberalización y protección de las inversiones" alcanzados hasta la fecha en otros acuerdos comerciales.

Y en cuanto a contratos públicos, el acuerdo pretende dar acceso a las compañías en todos los niveles de gobierno, sin discriminación alguna.

Asuntos regulatorios y barreras no arancelarias
En estos momentos, cumplir con los requisitos técnicos, medioambientales y de seguridad para comercializar un producto a ambos lados del Atlántico puede suponer el equivalente a un arancel de entre el 10% y el 20%. "El objetrivo del acuerdo es reducir costes innecesarios y retrasos para las compañías, a la vez que se mantienen altos niveles de sanidad, seguiridad y protección al consumidor y al medioambiente".

Esto afecta directamente a productos alimentarios, químicos, automovilísticos, farmacéuticos y sanitarios.

Oportunidades y desafíos globales del siglo XXI
Además, EEUU y la UE tratarán de alcanzar posiciones comunes en temas como la propiedad intelectual -"para mantener y promover un alto nivel de protección"-, desarrollo y comercio sostenible, empresas públicas, materias primas, pymes y transparencia.

Beneficios

Los Beneficios del Libre Comercio

El comercio internacional es el marco dentro del cual se encuadra la prosperidad de Norteamérica. Las políticas de libre comercio han creado un nivel de competencia dentro del mercado abierto actual que origina una constante innovación y da lugar a productos de calidad superior, empleos mejor remunerados, nuevos mercados y mayor volumen de ahorro e inversión. El libre comercio permite que los consumidores norteamericanos tengan a su alcance mayor cantidad de bienes y servicios a precios más bajos, y así aumenten notablemente su nivel de vida.

Además, los beneficios del libre comercio se extienden mucho más allá de los hogares norteamericanos. El libre comercio contribuye con la divulgación del valor de la libertad, con la consolidación del estado de derecho y con la promoción del desarrollo económico en países pobres. El debate nacional sobre las cuestiones relacionadas con el comercio con frecuencia ignora estos importantes beneficios.

Los efectos positivos de un mercado abierto se observan claramente en el crecimiento sideral que experimentó la economía de EE.UU. durante la última década. Desde 1990, la economía de EE.UU. ha crecido más del 23 por ciento, lo que hizo que el producto bruto interno de la nación (PBI) aumentara más de $2100 billones y que la riqueza del consumidor norteamericano promedio se incrementara más de $5500. La economía respondió adecuadamente a la expansión del comercio que tuvo lugar luego de la firma del Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio (NAFTA) en 1993 y el establecimiento de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 como foro para la resolución de disputas en el comercio. Por ejemplo:

Sin dudas, actualmente muchos más hacedores de políticas reconocen los beneficios del libre comercio, más que cuando el Congreso aprobó la Ley de Aranceles en 1930 (la Ley Smoot-Hawley). Los estragos producidos por estos aranceles proteccionistas hicieron que los sucesivos gobiernos de EE.UU. apoyaran libre comercio luego de la Segunda Guerra Mundial. La grandiosa visión de estos gobiernos sobre un mundo cuyas naciones convivieran en paz y comerciaran libremente entre ellas en busca de la prosperidad para todos ha influenciado la política exterior de EE.UU. y ha dado ímpetu a los esfuerzos por facilitar la apertura de los mercados en todas las regiones.

Un número cada vez mayor de países sigue compartiendo los beneficios que produce el énfasis que Norteamérica pone en el comercio internacional. Según un reciente informe de la Comisión de Asesoramiento para las Instituciones Financieras Internacionales (IFIAC) presidida por Allan H. Meltzer, antiguo miembro del Consejo de Asesores Económicos del Presidente y Profesor de Economía Política en Carnegie Mellon University:

El Congreso, los sucesivos gobiernos y el público norteamericano pueden sentirse orgullosos de estos logros. Estados Unidos ha liderado la defensa de la paz y la estabilidad, a través de la promoción de la democracia y el estado de derecho, la reducción de las barreras comerciales y el establecimiento de un sistema financiero transnacional. Los norteamericanos y sus aliados han aportado voluntariamente el potencial humano y el capital para la concreción de muchos de estos logros. Los beneficios han sido compartidos ampliamente por los ciudadanos de los países desarrollados y en vías de desarrollo.

La activa economía norteamericana obtuvo beneficios junto con el resto del mundo. El crecimiento del comercio hizo que estos beneficios se extendieran ampliamente. El consumo per cápita en Estados Unidos se triplicó. Como sucede en otros países, una mayor educación, mejores servicios en el sector salud, el aumento de la longevidad, programas medioambientales efectivos y otros beneficios sociales acompañaron a las ventajas económicas, o fueron consecuencia de las mismas.

A pesar de estos logros, Estados Unidos, que cuenta con uno de los mercados más abiertos del mundo, sigue imponiendo barreras al comercio (principalmente aranceles y cuotas en las industrias textil y de la indumentaria y en la agricultura) que elevan el costo de los artículos para el consumidor y perjudican a los países en vías de desarrollo que dependen de este comercio para sus exiguos ingresos. En este aspecto, la Ley de Comercio y Desarrollo de 2000 (Ley Pública 106-200), aprobada el 18 de mayo de 2000, reduce algunas de estas barreras al comercio y por lo tanto, es un paso en la dirección correcta.

El Congreso y el Presidente deberían aprovechar todas las oportunidades que se les presenten para articular los beneficios del comercio para el pueblo estadounidense y hacer todos los esfuerzos posibles para expandir el comercio internacional, como la reducción unilateral de las barreras comerciales, la elaboración de acuerdos de comercio regionales y bilaterales y la participación en foros de comercio internacional como la OMC. Finalmente, los beneficios directos y tangibles derivados del cumplimiento de todos estos pasos ayudarán a las familias norteamericanas trabajadoras y a los pueblos empobrecidos de todo el mundo.

LOS BENEFICIOS DEL LIBRE COMERCIO

Los beneficios que trae el libre comercio son numerosos y tienen más valor que el peligro que la competencia extranjera pueda representar para la economía de EE.UU. Estos beneficios se dividen en cuatro categorías principales.

Beneficio Nº 1: El libre comercio promueve la innovación y la competencia.
Actualmente, pocas personas en Norteamérica cosen toda su ropa, cultivan todos sus alimentos, construyen sus propias casas o compran solamente productos fabricados en sus estados natales. Sería demasiado costoso e insumiría mucho tiempo, especialmente debido a que los norteamericanos pueden adquirir esos artículos en el mercado abierto con relativa facilidad. El mismo principio de conveniencia y costo se aplica a escala internacional. Desde un punto de vista económico, tiene sentido comprar un producto a alguien que se especializa en la producción del mismo o a alguien que puede hacerlo más fácilmente o con un costo inferior.

De hecho, el propósito del comercio es lograr el acceso a una mayor variedad de bienes y servicios. Así, las importaciones no son un sacrificio ni un mal necesario para el bien de la exportación. Se exporta para poder obtener bienes y servicios a cambio. Así mismo, esta relación es obvia a nivel personal ya que una persona trabaja a fin de conseguir los medios para poder comprar artículos de primera necesidad y posiblemente también de lujo. No se realiza una compra para justificar el trabajo.

El libre comercio es el único tipo de comercio verdaderamente justo, porque ofrece a los consumidores la mayor cantidad de opciones y las mejores oportunidades para perfeccionar su nivel de vida. Fomenta la competencia alentando a las empresas hacia la innovación y el
desarrollo de productos superiores. También lo hace instándolas a que introduzcan en el mercado mayor cantidad de bienes y servicios, manteniendo los bajos precios y la alta calidad para mantener o incrementar su participación en el mercado.

El libre comercio también estimula la innovación. El mercado estadounidense ha demostrado reiteradamente, en especial durante la última década, que la competencia conduce a una mayor innovación. Esto es evidente, por ejemplo, en la intensa competencia que existe por crear la computadora personal más avanzada al menor precio. El crecimiento del comercio electrónico ha generado ilimitadas opciones de bienes y servicios y la posibilidad de obtener productos a precios más bajos. Ahora se pueden conseguir computadoras gratis sólo mediante la firma de un contrato de servicio con un proveedor de Internet.

De hecho, la ventaja más importante de Norteamérica reside en su capacidad para innovar y para aprovechar esa base de conocimientos en constante expansión. Según El Economista, Estados Unidos "posee una 'estructura de innovación'  (constituida por esos miles de empresarios, capitalistas de riesgos e ingenieros) única en el mundo". Esta fuente de recursos genera una cantidad cada vez más grande de nuevos productos y servicios que acentúan la ventaja competitiva norteamericana dentro del mercado global y posibilitan una mayor prosperidad local.

Esta ventaja competitiva proviene en gran parte de las prácticas de mercado abierto de Estados Unidos. El libre comercio promueve la innovación debido a que el flujo del comercio, además de bienes y servicios, hace circular nuevas ideas. Dado que las empresas deben competir con su contraparte del exterior, las firmas norteamericanas tienen la posibilidad de observar todos los éxitos y también los fracasos que experimentan sus competidores. Por lo tanto, los consumidores se ven beneficiados dado que, para poder retenerlos, las empresas en un mercado de libre competencia se encuentran obligadas a mantenerse al mismo nivel que las empresas líderes.

Por el contrario, las políticas proteccionistas diseñadas para restringir la competencia extranjera imponen un costo excesivo sobre los consumidores. Esto quizá se demuestra mejor con el caso de la Unión Europea (UE) que, por ejemplo, protege las industrias agrícolas de sus miembros de la competencia extranjera mediante políticas como la restricción sobre las importaciones de carne vacuna y la implementación de un régimen proteccionista sobre la industria bananera.

En junio de 1999, en su testimonio ante el Comité para la Agricultura, Nutrición y Explotación Forestal del Senado acerca de la necesidad de reformar la Política Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea, la Representante de Comercio de EE.UU., Charlene Barshefsky observó que:

la PAC de la Unión Europea, que incluye $60 mil millones en subsidios con impacto distorsionador del comercio y el 85 por ciento de los subsidios mundiales a las exportaciones agrícolas, se encuentra entre las distorsiones más significativas al comercio mundial en todos los sectores. La reforma es para beneficio de todos. La combinación de aranceles y subsidios elevados hace que los precios de los productos alimenticios para los consumidores europeos sean mucho más elevados que en los mercados mundiales. Los subsidios a las exportaciones, en particular, constituyen una carga injusta e inmensa para los agricultores de otros países, especialmente de los países en vías de desarrollo.

No obstante, el resultado final de estas políticas ha sido privarles a los consumidores de toda Europa el acceso a una mayor cantidad de bienes a precios más razonables.

Aunque la declaración de la embajadora Barshefsky demuestra que el gobierno de Clinton ha reconocido el impacto de las políticas proteccionistas, el proteccionismo sigue proliferando en el propio sector agrícola de Norteamérica, representado por subsidios federales sobre productos como el cacahuete y el azúcar.

La equivocada y generalizada percepción de que los agricultores norteamericanos necesitan los subsidios para sobrevivir se contradice con la evidencia que los mismos agricultores han acumulado, evidencia que representa un tributo a su eficiencia y esfuerzo. La utilización del talento innato para innovar, que los norteamericanos han desarrollado tan bien, ha permitido a los agricultores incrementar significativamente la productividad a lo largo de los años. De hecho, entre 1948 y 1996, la productividad del trabajo agrícola estadounidense aumentó en más de ocho veces y la producción agrícola se duplicó, al mismo tiempo que disminuyó el total de insumos utilizados (incluidos la mano de obra, la tierra y la maquinaria).

Sin dudas, la eliminación de barreras desfavorables para la competencia, como las cuotas y los aranceles que limitan el acceso y la competencia, resulta una buena política tanto económica como pública.

Beneficio Nº 2: El libre comercio genera crecimiento económico.
En EE.UU., el libre comercio propicia las oportunidades para las empresas y, de esta manera, recompensa la toma de riesgos permitiendo un incremento en las ventas, en los márgenes de ganancias y en la participación en el mercado. Las empresas pueden decidir que esas ganancias se generen a partir de la expansión de sus operaciones, del ingreso a nuevos sectores del mercado y de la creación de empleos mejor remunerados. Según Barshefsky, Representante de Comercio de EE.UU., las exportaciones estadounidenses generan más de 12 millones de puestos de trabajo en ese país, y los empleos relacionados con el comercio cuentan con salarios de un 13 a un 16 por ciento más altos que los empleos que no están vinculados al mismo. Los opositores del libre comercio temen que los esfuerzos por eliminar las barreras proteccionistas conduzcan a una pérdida de empleos en el sector obrero, especialmente en la industria de la fabricación. Piensan que el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica en particular pone en peligro estos empleos. No obstante, como muestra el Gráfico 1, los hechos restan importancia a este temor.

Los estudios revelan que la naturaleza del empleo en Estados Unidos sin dudas está alejándose de la manufactura y acercándose más a los trabajos en el sector relacionado con los servicios o la alta tecnología. Sin embargo, los datos muestran que el comercio libre de Norteamérica con los otros socios del NAFTA, Canadá y Méjico, no ha ocasionado una pérdida adicional de puestos de trabajo en la industria manufacturera. Por el contrario, desde 1994:

Como resultado, el NAFTA no sólo no significó una pérdida de empleos de fábricas en Estados Unidos, sino que tampoco ocasionó un perjuicio a los salarios reales de los trabajadores de la manufactura. El salario real promedio en el sector manufacturero aumentó de $8,03 por hora en 1994 a $8,26 por hora en 1999 (dólares constantes ajustados según la inflación).

Además, se estima que salvar un solo puesto de trabajo en la decaída industria textil y de la indumentaria norteamericana le cuesta a los contribuyentes más de $100.000 por año. La población activa en este sector ha disminuído aproximadamente un 30 por ciento desde 1989 y comprende apenas el 1 por ciento del total del empleo no relacionado con la agricultura. Esta disminución es una consecuencia lógica si se tiene en cuenta que el salario que la industria paga es mucho menor que el salario nacional promedio (casi un 20 por ciento menos en el sector textil y un 33 por ciento menos en el sector de la indumentaria). Estos empleos tan mal pagos se vuelven marginales a medida que los trabajadores buscan mejores remuneraciones en el mercado más amplio. De hecho, durante la década pasada, se abrieron 19 millones de nuevos puestos de trabajo, lo que demuestra que los trabajadores norteamericanos cuentan con muchas oportunidades para encontrar empleo.

Desde que el NAFTA entró en vigencia, el volumen del comercio de EE.UU. con Canadá y Méjico se ha incrementado en más de un 86 por ciento (de $299 mil millones en 1993 a más de $550 mil millones en 1999). Las exportaciones estadounidenses excedieron los $2350 mil millones en 1999, cifra que representó apenas un poco más del 25 por ciento del PBI total y más del 15 por ciento del comercio global.

El crecimiento de la economía de EE.UU. beneficia a los ciudadanos de los países pobres que tienen acceso al mercado norteamericano, en el que tanto la demanda de bienes y servicios como los niveles de remuneración son muchos más elevados que los de sus propios países. El comercio en este nivel permite que las incipientes empresas de estas naciones obtengan capital, y de esa manera, impulsen la producción y fomenten el desarrollo de nuevas industrias. La gente empobrecida logra la oportunidad de ganar mejores salarios, adquirir más bienes y elevar su nivel de vida.

En otras palabras, éste es un plan ventajoso para los norteamericanos y también para la población de países que han sido estancados por la pobreza pese a haber recibido ayuda económica durante años. La ventaja que tienen los países pobres al poder comerciar para obtener capital, en lugar de tener que depender de los ineficaces programas de asistencia que están sujetos a la malversación y al fraude, consiste en que el rendimiento en los sectores privados es mucho más inmediato. La inversión extranjera permite que las industrias nacionales se desarrollen y puedan brindar mejores oportunidades de empleo para los trabajadores locales. Esta dinámica hace que la inversión extranjera directa sea uno de los beneficios más importantes que el libre comercio otorga a las naciones en vías de desarrollo.

Beneficio Nº 3: El libre comercio difunde los valores democráticos.
El libre comercio fomenta el apoyo al estado de derecho. Las empresas que participan en el comercio internacional tienen fundamento para acatar los términos de sus contratos y las leyes y normas internacionales establecidas. La Organización Mundial del Comercio, por ejemplo, obliga a sus miembros a respetar los acuerdos de comercio y, en el caso de disputas comerciales, atenerse a las decisiones del órgano de mediación de la OMC.

Dado que el libre comercio apoya al estado de derecho, al mismo tiempo reduce las oportunidades para la corrupción. En los países en los que no se hacen cumplir los contratos, las relaciones comerciales fracasan, los inversores extranjeros huyen y los capitales permanecen alejados. Es un espiral descendiente que obstaculiza el desarrollo económico en los países en los que la corrupción oficial es generalizada. Según Alejandro Chafuen, Presidente de Atlas Economic Research Foundation, "La verdadera libertad económica es posible solamente bajo un sistema de gobierno limitado que cuente con un estado de derecho fuerte. La libertad económica tiene poco valor si la corrupción en el gobierno hace que sólo unos pocos puedan disfrutarla".

De igual modo, el comercio puede debilitarse en países en los que los oficiales aduaneros esperan recibir comisiones en cada punto de inspección. En África Occidental, los oficiales de aduana suelen detener a los camiones con mercaderías cada cien metros solamente para cobrar otro soborno. Esto fue testificado por Mabousso Thiam, Secretario Ejecutivo de West African Enterprise Network, en 1999 durante el congreso sobre corrupción de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Estos puntos de inspección arbitrarios surgen cuando los países no pueden pagar a sus oficiales salarios razonables, y los obligan así a elegir entre seguir siendo honrados aunque sin poder llevar a su casa dinero suficiente para alimentar a sus familias o a aceptar un soborno ilegal, como muchos lo hacen frecuentemente. Según Kofi Annan, Secretario General de la ONU:

La corrupción se establece sobre la base de todo lo que esté en manos del gobierno. Por eso, para todo se necesita un permiso. La persona encargada de otorgar el permiso quiere un soborno. La persona que concertará la cita quiere un soborno. Así sucesivamente.

El libre comercio, consolidado por el estado de derecho, elimina esos estímulos para la co-rrupción ya que mejora las economías, aumenta la cantidad de empleos mejor remunerados y, finalmente, eleva el nivel de prosperidad.

Sin embargo, el libre comercio no sólo ofrece a la gente bienes y servicios tangibles. También transmite ideas y valores. Una cultura de libertad puede florecer siempre que una gran sociedad, como lo llamó el economista del siglo XVIII Adam Smith, emerja con una seguridad que le permita abrirse al flujo entrante de bienes y a las ideas y costumbres que estos conllevan. Una cultura de libertad puede convertirse en principio y fin de la prosperidad económica.

Beneficio Nº 4: El libre comercio fomenta la libertad económica.
Según lo demuestra el argumento precedente, la capacidad para comerciar libremente incrementa las oportunidades, las opciones y los niveles de vida. Los países que actualmente cuentan con las economías más libres por lo general han adoptado un modelo capitalista de desarrollo económico y permanecen abiertos al comercio y a la inversión internacionales. Estos países incluyen el Reino Unido y muchos de sus antiguos dominios y colonias: Hong Kong, Singapur, Nueva Zelandia, Estados Unidos, Australia y Canadá.

Suiza también ocupa una alta posición; los suizos adoptaron una variante del federalismo norteamericano al elaborar su constitución tomando como modelo la de Estados Unidos. Chile, que se beneficia de una herencia europea heterogénea, demuestra que la definición de políticas económicas sobre la base de un modelo capitalista de mercado libre también produce buenos resultados en esa región.

El análisis de Heritage sobre los 161 países que se incluyen en el Índice de Libertad Económica, que publica anualmente en conjunto con The Wall Street Journal, indica que las políticas de libre comercio pueden fomentar el desarrollo y elevar el nivel de libertad económica. Diariamente, en los mercados de los países libres, los individuos eligen y ejercen un control directo sobre sus propias vidas. Los economistas del Banco Mundial, David Dollar y Aart Kraay observan que, cuando se produce un crecimiento económico, los más pobres se benefician tanto como los más adinerados, y en algunos casos más que ellos. Los países pobres pueden crear un ámbito favorable para el comercio y atractivo para los inversores extranjeros a través de una sólida infraestructura construida sobre la base de la libertad económica, derechos de propiedad asegurados, un poder judicial independiente y justo, el libre flujo de capital y un sistema impositivo razonable y bajo.

Consideremos la experiencia de China y Taiwán. En 1960, el ingreso per cápita real de la República Popular de China se mantenía a casi el mismo nivel que el de la República de China en Taiwán. No obstante, a finales de la década del sesenta, el gobierno de Taipei instituyó amplias reformas para garantizar la propiedad privada, establecer un sistema legal que protegiera los derechos de propiedad e hiciera cumplir los contratos, reformar los sistemas financieros y bancarios, estabilizar los impuestos, distribuir la tierra de dominio público entre los ciudadanos y permitir el desarrollo del mercado. El resultado obtenido por Taiwán ha sido un increíble crecimiento económico. (Ver Gráfico 2.)

El Índice de Libertad Económica 2000 ubica a Taiwán en la posición 11 cuando clasifica las economías más libres del mundo. Su libertad económica trajo aparejada la consolidación de las instituciones democráticas. Por primera vez desde que el partido dominante (el Kuomintang o KMT) estableciera un gobierno en Taipei 50 años atrás, tuvo lugar en Taiwán una transición democrática de poder cuando Chen Shui-bian, candidato de un partido anteriormente ilegal, asumió la presidencia el 20 de mayo de 2000.

A pesar de este éxito, los que se oponen a las relaciones comerciales normales permanentes con China sostienen que la liberalización económica y del comercio no conducirá a la democracia en China ni mejorará su historial de derechos humanos. Estas críticas afirman que la democracia simplemente es un concepto extraño para ese país, argumento que irónicamente repite las murmuraciones de los regímenes autoritarios de Asia sobre los "valores asiáticos". El desarrollo de la libertad económica y política en Taiwán refuta estas afirmaciones y apunta al potencial que esta libertad podría desarrollar en China. Un resultado de este tipo sería beneficioso para Norteamérica ya que acentuaría la estabilidad regional, incrementaría la prosperidad para los chinos y abriría el inmenso mercado de China para los norteamericanos.

El acuerdo de comercio de EE.UU. con China suscrito por el gobierno de Clinton en noviembre de 1999 es un paso en la dirección correcta. Contribuirá con la apertura del mercado chino a las exportaciones estadounidenses y la inversión extranjera directa en un grado increíble. La libertad económica es el beneficio principal de la ampliación del comercio, tanto para las empresas norteamericanas que desean invertir en China como para los mismos ciudadanos chinos. Estos fundamentos básicos de la libertad económica no sólo permitirán a los chinos tener acceso al mundo exterior, sino que también expondrán al gobierno chino al consenso internacional sobre el estado de derecho, y lo obligarán a cumplirlo. Las cuestiones como los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos, que históricamente han sido un obstáculo para las empresas que tratan de hacer negocios en China, se destinarán a un poder superior.

La implementación del sostén principal de los derechos de propiedad y de las políticas de libre mercado es un paso esencial para la creación del tipo de estabilidad de mercado que es importante para los inversores extranjeros. En los países que tienen un estado de derecho sólido que no sufre variaciones con los sucesivos cambios de dirigentes, los inversores se sienten más seguros y dispuestos a asumir riesgos al instalar empresas en naciones en vías de desarrollo. Ésta es una de las razones por las que Taiwán y Hong Kong, por ejemplo, han prosperado en las últimas décadas.

El éxito de Taiwán demuestra que si China abre su mercado, la libertad política y económica tendrá posibilidades ciertas de desarrollarse. Mediante de la aprobación de las relaciones comerciales normales permanentes (PNTR) con China, medida que se convirtió en ley el 11 de Octubre de 2000, los miembros del Congreso de EE.UU. demostraron su confianza en la libertad económica al votar por la asistencia de EE.UU. a este emprendimiento a través de un intercambio económico más libre.

Es razonable plantearse cómo el concepto de libertad económica, cuyos frutos son tan visibles en los países más ricos, puede aplicarse a los países extremadamente pobres cuyas preocupaciones principales son la provisión de alimentos y el acceso al agua corriente y la electricidad. ¿Cómo se sacan conclusiones a partir de una confrontación entre elementos de diferente tenor como es el caso de comparar países prósperos con alta tecnología, en los que los niños navegan cotidianamente en la Internet usando la computadora familiar, con naciones de bajos ingresos como Burkina Faso donde la mayoría de los chicos son parte de una familia que apenas sobrevive con poco más que el cultivo para subsistencia?

El economista de la India, Barun Mitra, lo explica de manera concisa cuando sostiene que "Los comerciantes en un mercado son como los votantes en una democracia. Si el libre flujo de ideas es fundamental para sostener la libertad política y una forma de gobierno democrática, entonces el libre comercio es decisivo para sostener la libertad económica y un mercado eficiente. Después de todo, la `Libertad' es indivisible". Los países que sufren las consecuencias de la corrupción, de una excesiva regulación y de la ausencia del estado de derecho se benefician eliminando las barreras impuestas al comercio y permitiendo a sus ciudadanos participar en forma directa en el mercado global.

Los países asiáticos y los occidentales pueden ser muy dispares en sus culturas y políticas, y es posible evidenciar tanto represión como libertad económica en ambas regiones. Se puede encontrar una estructura básica sobre la cual edificar la libertad económica en países tan dife-rentes como Bahrein (una monarquía árabe), Singapur (una ciudad-estado autócrata), Estados Unidos (una democracia constitucional) y Suiza (un sistema federal de cantones que comprenden cuatro culturas distintas).

En general, África subsahariana sigue siendo la zona más pobre y más económicamente controlada del mundo. Sin embargo, como muestra el análisis realizado en el índice, su pobreza no es el resultado de niveles insuficientes de ayuda extranjera. Según los cálculos realizados sobre una base per cápita, muchos países del África subsahariana reciben los más altos niveles de asistencia económica del mundo. En cambio, las principales causas de la pobreza de esta región son la ausencia de libertad económica caracterizada por políticas autoimpuestas y la corrupción sistemática y desenfrenada.

De hecho, la corrupción es un cáncer para los esfuerzos más legítimos para estimular el desarrollo económico en muchos de estos países. Si bien éste no es un problema exclusivo de África o de las naciones en vías de desarrollo, es más perjudicial para estos últimos. No obstante, la perspectiva para esta región no es desesperanzada. Mauricio, que en el índice obtuvo la mejor clasificación de la región, ha tenido un cierto grado de éxito al adoptar prácticas de libre mercado. Si comparamos a Mauricio con otros países de su región, podemos decir que este pueblo merece puntajes relativamente buenos con relación a la actividad en el mercado negro y a la regulación.

Los resultados del índice relacionados con África subsahariana ponen en duda la afirmación que postula que grandes transferencias de riqueza de naciones industrializadas hacia el mundo menos desarrollado producirán un crecimiento económico en este último. Los habitantes de Zimbabwe y Congo, para mencionar sólo dos ejemplos, no son pobres porque la gente de Occidente no comparte suficiente riqueza con ellos. Lo son porque sus gobiernos persiguen políticas económicas destructivas que reducen la actividad de libre empresa o permiten que las prácticas corruptas debiliten el estado de derecho. Sólo cuando los regímenes de gobierno de los países aumenten la libertad económica y desplieguen el poder del libre mercado, estos pueblos podrán aventurarse en el camino hacia la prosperidad. Toda medida que carezca de políticas de libre comercio seguirá siendo desacertada en materia económica y también inhumana.

Estados Unidos puede impulsar la libertad económica de estos países a través de medios más efectivos que la asistencia económica. Como se comentó anteriormente, Estados Unidos impone aranceles que incrementan el costo de la venta de productos en EE.UU. y hace que los artículos importados sean menos competitivos que los productos locales. Si bien en Norteamérica la tasa arancelaria promedio del 2 por ciento es baja en relación con el estándar global, este país no aplica equitativamente la tasa arancelaria para los productos que compra a sus socios comerciales. Por el contrario, impone aranceles de acuerdo con los tipos de artículos que llegan a las costas norteamericanas.

Lamentablemente, los artículos que están sujetos a los aranceles más altos de EE.UU. son, precisamente, los producidos por los países más pobres, como los productos agrícolas, los textiles y la indumentaria. El alto nivel de aranceles, junto con el impacto de las cuotas, constituye un gran impedimento para los países que se esfuerzan por lograr una presencia en el mercado global y por sacar a su gente de la pobreza.

Esta disparidad en las tasas arancelarias existe en primer lugar debido a que los países pobres exportan mayormente artículos que en EE.UU. están sujetos a aranceles altos. Los países de bajos ingresos desarrollan industrias que satisfacen las necesidades básicas de sus ciudadanos y que tienen una ventaja comparativa. La industria textil y de la indumentaria y la agricultura son actividades económicas claves porque satisfacen necesidades locales y no requieren maquinaria sofisticada ni grandes cantidades de capital para obtener una ganancia. Lo que sí requieren (y lo que estas naciones poseen) es una inmensa fuerza laboral.

En el caso de Nepal y de Bangladesh, los textiles y la indumentaria representan el 85 y el 77 por ciento del total de las exportaciones, respectivamente. Cada uno de estos países cuenta con un PBI per cápita inferior a $300, y encuentran grandes obstáculos cuando intentan vender sus productos en el mercado estadounidense. Las tasas arancelarias promedio que aplica EE.UU. a los productos de los países en cuestión son del 13,2 por ciento y 13,6 por ciento, respectivamente (cifra seis veces mayor a la del promedio de EE.UU.).

El impacto de estos aranceles depende de su magnitud y de la reacción de los consumidores norteamericanos hacia las variaciones en los precios de los productos. En el caso de algunos textiles e indumentarias o de importaciones agrícolas, los consumidores son muy sensibles a las variaciones de precios y a comprar un producto nacional en lugar de uno importado si este último se encareciese demasiado. Por ejemplo, por cada aumento del 1 por ciento en la tasa arancelaria sobre telas tejidas importadas, el consumo de telas tejidas nacionales aumenta más del 2,9 por ciento. De esta manera, incluso un pequeño incremento en la tasa arancelaria desalentará la compra, y finalmente la producción, de estas importaciones, restringiendo así ante todo el acceso de países en vías de desarrollo al gran mercado de Norteamérica.

Irónicamente, todos los beneficios que los aranceles puedan representar para la economía de EE.UU. son minúsculos en comparación con el costo total que los norteamericanos pagan por esta protección. Los economistas del Instituto de Economía Internacional (IIE) estiman que los consumidores ahorrarían $70 mil millones si Estados Unidos eliminara todos los aranceles y las restricciones cuantitativas sobre las importaciones (o alrededor de $750 por grupo familiar norteamericano). Con la liberalización del sector de textiles e indumentaria, se lograría juntar aproximadamente un 35 por ciento de estas ganancias, es decir $24,4 mil millones. Éste es el objetivo del Acuerdo sobre Textiles e Indumentaria que exige que se eliminen todas las cuotas sobre las importaciones de textiles para el año 2005.

A fin de cuentas, los aranceles que Estados Unidos aplica para proteger un sector que evidentemente se encuentra decaído impondrán un costo significativo sobre los consumidores norteamericanos y los habitantes de países de bajos ingresos que fabrican los productos y que carecen de otras oportunidades de trabajo. Cuando en Bangladesh o en Nepal cierra una fábrica (en parte debido al impacto de los excesivos aranceles de EE.UU. sobre sus productos), el desempleado no cuenta con una red de seguridad y tiene pocas alternativas.

Contrariamente, Estados Unidos ofrece a los trabajadores desplazados numerosas oportunidades para encontrar nuevos empleos. El programa de Asistencia para el Ajuste del Comercio, por ejemplo, ayuda a que las personas que perdieron su trabajo en el sector de la manufactura como resultado de las importaciones extranjeras puedan solicitar seguros de desempleo y reciban capacitación laboral y apoyo en la búsqueda y reinserción laboral. En Norteamérica, el desempleado generalmente encuentra un nuevo empleo en el término medio de 6,4 semanas.

La mejor forma de ayudar a los norteamericanos y a los pueblos del mundo en desarrollo es través de la reducción de los aranceles, la promoción de acuerdos de libre comercio bilaterales y regionales y la participación en la Organización Mundial del Comercio para fomentar el comercio internacional. La aprobación de la ley de PNTR con China es prueba del compromiso de Norteamérica con el libre comercio y una ocasión crucial para mejorar las opciones y oportunidades económicas de los habitantes tanto de Estados Unidos como de China.

Las sociedades que instituyen políticas de libre comercio crean su propio dinamismo económico y propician una fuente de libertad, oportunidad y prosperidad que beneficia a todos los ciudadanos. En los últimos años, Estados Unidos ha demostrado el poder de este principio. No sólo los norteamericanos se benefician de aquellas políticas de libre comercio que EE.UU. implementa. Al interrumpir el ciclo de la pobreza, estas políticas permiten que hasta los países más empobrecidos comiencen a forjar su propia dinámica hacia la prosperidad.

No obstante, y a pesar de la evidencia que demuestra lo contrario, los que se oponen al libre comercio seguirán proclamando el viejo argumento: "los empleos derivados de la globalización a menudo son menos sustentadores y seguros que los medios de vida eliminados por ella [en los países pobres]". Dicho razonamiento presupone que en esas naciones ha existido anteriormente algún tipo de utopía agraria y que sus pueblos no disfrutarán de los beneficios del desarrollo económico.

El clamor por detener esta ola de progreso económico que la tecnología y la innovación traen aparejada es similar a la opinión de que Estados Unidos, para mencionar sólo un ejemplo, estaba en una mejor posición económica antes de la Revolución Industrial. Sin bien se puede argumentar que esto era verdad en el caso de los hombres blancos pertenecientes a las clases terratenientes (aunque incluso en este aspecto la afirmación es dudosa), en el caso de la mayoría de la población que no gozaba de esos lujos, la calidad de vida ha mejorado inconmensurablemente.

La Revolución Industrial trajo libertad de movimiento y aumentó las oportunidades para todos los niveles económicos de la sociedad. También sentó las bases para un progreso democrático y social de una magnitud tal que antes habría sido imposible. Aúnque la historia sugiere que esta nueva era de globalización del mercado podría ser acompañada por nuevos problemas cuya solución residirá en el poder de la innovación y el ingenio humanos, esta era también presenta un nivel de oportunidad sin precedentes para que las personas puedan alcanzar la libertad económica y una mayor prosperidad.

Denise H. Froning es Analista de Política de Comercio Internacional en el Centro de Comercio Internacional y Economía (CITE) de The Heritage Foundation. Este estudio apareció originalmente en Inglés como Backgrounder nro. 1391, "The Benefits of Free Trade: A Guide for Policymakers", el 25 de Agosto de 2000.

El comercio internacional es el marco dentro del cual se encuadra la prosperidad de Norteamérica. Las políticas de libre comercio han creado un nivel de competencia dentro del mercado abierto actual que origina una constante innovación y da lugar a productos de calidad superior, empleos mejor remunerados, nuevos mercados y mayor volumen de ahorro e inversión. El libre comercio permite que los consumidores norteamericanos tengan a su alcance mayor cantidad de bienes y servicios a precios más bajos, y así aumenten notablemente su nivel de vida.

Además, los beneficios del libre comercio se extienden mucho más allá de los hogares norteamericanos. El libre comercio contribuye con la divulgación del valor de la libertad, con la consolidación del estado de derecho y con la promoción del desarrollo económico en países pobres. El debate nacional sobre las cuestiones relacionadas con el comercio con frecuencia ignora estos importantes beneficios.

Los efectos positivos de un mercado abierto se observan claramente en el crecimiento sideral que experimentó la economía de EE.UU. durante la última década. Desde 1990, la economía de EE.UU. ha crecido más del 23 por ciento, lo que hizo que el producto bruto interno de la nación (PBI) aumentara más de $2100 billones y que la riqueza del consumidor norteamericano promedio se incrementara más de $5500. La economía respondió adecuadamente a la expansión del comercio que tuvo lugar luego de la firma del Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio (NAFTA) en 1993 y el establecimiento de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 como foro para la resolución de disputas en el comercio. Por ejemplo:

Sin dudas, actualmente muchos más hacedores de políticas reconocen los beneficios del libre comercio, más que cuando el Congreso aprobó la Ley de Aranceles en 1930 (la Ley Smoot-Hawley). Los estragos producidos por estos aranceles proteccionistas hicieron que los sucesivos gobiernos de EE.UU. apoyaran libre comercio luego de la Segunda Guerra Mundial. La grandiosa visión de estos gobiernos sobre un mundo cuyas naciones convivieran en paz y comerciaran libremente entre ellas en busca de la prosperidad para todos ha influenciado la política exterior de EE.UU. y ha dado ímpetu a los esfuerzos por facilitar la apertura de los mercados en todas las regiones.

Un número cada vez mayor de países sigue compartiendo los beneficios que produce el énfasis que Norteamérica pone en el comercio internacional. Según un reciente informe de la Comisión de Asesoramiento para las Instituciones Financieras Internacionales (IFIAC) presidida por Allan H. Meltzer, antiguo miembro del Consejo de Asesores Económicos del Presidente y Profesor de Economía Política en Carnegie Mellon University:

El Congreso, los sucesivos gobiernos y el público norteamericano pueden sentirse orgullosos de estos logros. Estados Unidos ha liderado la defensa de la paz y la estabilidad, a través de la promoción de la democracia y el estado de derecho, la reducción de las barreras comerciales y el establecimiento de un sistema financiero transnacional. Los norteamericanos y sus aliados han aportado voluntariamente el potencial humano y el capital para la concreción de muchos de estos logros. Los beneficios han sido compartidos ampliamente por los ciudadanos de los países desarrollados y en vías de desarrollo.

La activa economía norteamericana obtuvo beneficios junto con el resto del mundo. El crecimiento del comercio hizo que estos beneficios se extendieran ampliamente. El consumo per cápita en Estados Unidos se triplicó. Como sucede en otros países, una mayor educación, mejores servicios en el sector salud, el aumento de la longevidad, programas medioambientales efectivos y otros beneficios sociales acompañaron a las ventajas económicas, o fueron consecuencia de las mismas.

A pesar de estos logros, Estados Unidos, que cuenta con uno de los mercados más abiertos del mundo, sigue imponiendo barreras al comercio (principalmente aranceles y cuotas en las industrias textil y de la indumentaria y en la agricultura) que elevan el costo de los artículos para el consumidor y perjudican a los países en vías de desarrollo que dependen de este comercio para sus exiguos ingresos. En este aspecto, la Ley de Comercio y Desarrollo de 2000 (Ley Pública 106-200), aprobada el 18 de mayo de 2000, reduce algunas de estas barreras al comercio y por lo tanto, es un paso en la dirección correcta.

El Congreso y el Presidente deberían aprovechar todas las oportunidades que se les presenten para articular los beneficios del comercio para el pueblo estadounidense y hacer todos los esfuerzos posibles para expandir el comercio internacional, como la reducción unilateral de las barreras comerciales, la elaboración de acuerdos de comercio regionales y bilaterales y la participación en foros de comercio internacional como la OMC. Finalmente, los beneficios directos y tangibles derivados del cumplimiento de todos estos pasos ayudarán a las familias norteamericanas trabajadoras y a los pueblos empobrecidos de todo el mundo.

LOS BENEFICIOS DEL LIBRE COMERCIO

Los beneficios que trae el libre comercio son numerosos y tienen más valor que el peligro que la competencia extranjera pueda representar para la economía de EE.UU. Estos beneficios se dividen en cuatro categorías principales.

Beneficio Nº 1: El libre comercio promueve la innovación y la competencia.
Actualmente, pocas personas en Norteamérica cosen toda su ropa, cultivan todos sus alimentos, construyen sus propias casas o compran solamente productos fabricados en sus estados natales. Sería demasiado costoso e insumiría mucho tiempo, especialmente debido a que los norteamericanos pueden adquirir esos artículos en el mercado abierto con relativa facilidad. El mismo principio de conveniencia y costo se aplica a escala internacional. Desde un punto de vista económico, tiene sentido comprar un producto a alguien que se especializa en la producción del mismo o a alguien que puede hacerlo más fácilmente o con un costo inferior.

De hecho, el propósito del comercio es lograr el acceso a una mayor variedad de bienes y servicios. Así, las importaciones no son un sacrificio ni un mal necesario para el bien de la exportación. Se exporta para poder obtener bienes y servicios a cambio. Así mismo, esta relación es obvia a nivel personal ya que una persona trabaja a fin de conseguir los medios para poder comprar artículos de primera necesidad y posiblemente también de lujo. No se realiza una compra para justificar el trabajo.

El libre comercio es el único tipo de comercio verdaderamente justo, porque ofrece a los consumidores la mayor cantidad de opciones y las mejores oportunidades para perfeccionar su nivel de vida. Fomenta la competencia alentando a las empresas hacia la innovación y el
desarrollo de productos superiores. También lo hace instándolas a que introduzcan en el mercado mayor cantidad de bienes y servicios, manteniendo los bajos precios y la alta calidad para mantener o incrementar su participación en el mercado.

El libre comercio también estimula la innovación. El mercado estadounidense ha demostrado reiteradamente, en especial durante la última década, que la competencia conduce a una mayor innovación. Esto es evidente, por ejemplo, en la intensa competencia que existe por crear la computadora personal más avanzada al menor precio. El crecimiento del comercio electrónico ha generado ilimitadas opciones de bienes y servicios y la posibilidad de obtener productos a precios más bajos. Ahora se pueden conseguir computadoras gratis sólo mediante la firma de un contrato de servicio con un proveedor de Internet.

De hecho, la ventaja más importante de Norteamérica reside en su capacidad para innovar y para aprovechar esa base de conocimientos en constante expansión. Según El Economista, Estados Unidos "posee una 'estructura de innovación'  (constituida por esos miles de empresarios, capitalistas de riesgos e ingenieros) única en el mundo". Esta fuente de recursos genera una cantidad cada vez más grande de nuevos productos y servicios que acentúan la ventaja competitiva norteamericana dentro del mercado global y posibilitan una mayor prosperidad local.

Esta ventaja competitiva proviene en gran parte de las prácticas de mercado abierto de Estados Unidos. El libre comercio promueve la innovación debido a que el flujo del comercio, además de bienes y servicios, hace circular nuevas ideas. Dado que las empresas deben competir con su contraparte del exterior, las firmas norteamericanas tienen la posibilidad de observar todos los éxitos y también los fracasos que experimentan sus competidores. Por lo tanto, los consumidores se ven beneficiados dado que, para poder retenerlos, las empresas en un mercado de libre competencia se encuentran obligadas a mantenerse al mismo nivel que las empresas líderes.

Por el contrario, las políticas proteccionistas diseñadas para restringir la competencia extranjera imponen un costo excesivo sobre los consumidores. Esto quizá se demuestra mejor con el caso de la Unión Europea (UE) que, por ejemplo, protege las industrias agrícolas de sus miembros de la competencia extranjera mediante políticas como la restricción sobre las importaciones de carne vacuna y la implementación de un régimen proteccionista sobre la industria bananera.

En junio de 1999, en su testimonio ante el Comité para la Agricultura, Nutrición y Explotación Forestal del Senado acerca de la necesidad de reformar la Política Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea, la Representante de Comercio de EE.UU., Charlene Barshefsky observó que:

la PAC de la Unión Europea, que incluye $60 mil millones en subsidios con impacto distorsionador del comercio y el 85 por ciento de los subsidios mundiales a las exportaciones agrícolas, se encuentra entre las distorsiones más significativas al comercio mundial en todos los sectores. La reforma es para beneficio de todos. La combinación de aranceles y subsidios elevados hace que los precios de los productos alimenticios para los consumidores europeos sean mucho más elevados que en los mercados mundiales. Los subsidios a las exportaciones, en particular, constituyen una carga injusta e inmensa para los agricultores de otros países, especialmente de los países en vías de desarrollo.

No obstante, el resultado final de estas políticas ha sido privarles a los consumidores de toda Europa el acceso a una mayor cantidad de bienes a precios más razonables.

Aunque la declaración de la embajadora Barshefsky demuestra que el gobierno de Clinton ha reconocido el impacto de las políticas proteccionistas, el proteccionismo sigue proliferando en el propio sector agrícola de Norteamérica, representado por subsidios federales sobre productos como el cacahuete y el azúcar.

La equivocada y generalizada percepción de que los agricultores norteamericanos necesitan los subsidios para sobrevivir se contradice con la evidencia que los mismos agricultores han acumulado, evidencia que representa un tributo a su eficiencia y esfuerzo. La utilización del talento innato para innovar, que los norteamericanos han desarrollado tan bien, ha permitido a los agricultores incrementar significativamente la productividad a lo largo de los años. De hecho, entre 1948 y 1996, la productividad del trabajo agrícola estadounidense aumentó en más de ocho veces y la producción agrícola se duplicó, al mismo tiempo que disminuyó el total de insumos utilizados (incluidos la mano de obra, la tierra y la maquinaria).

Sin dudas, la eliminación de barreras desfavorables para la competencia, como las cuotas y los aranceles que limitan el acceso y la competencia, resulta una buena política tanto económica como pública.

Beneficio Nº 2: El libre comercio genera crecimiento económico.
En EE.UU., el libre comercio propicia las oportunidades para las empresas y, de esta manera, recompensa la toma de riesgos permitiendo un incremento en las ventas, en los márgenes de ganancias y en la participación en el mercado. Las empresas pueden decidir que esas ganancias se generen a partir de la expansión de sus operaciones, del ingreso a nuevos sectores del mercado y de la creación de empleos mejor remunerados. Según Barshefsky, Representante de Comercio de EE.UU., las exportaciones estadounidenses generan más de 12 millones de puestos de trabajo en ese país, y los empleos relacionados con el comercio cuentan con salarios de un 13 a un 16 por ciento más altos que los empleos que no están vinculados al mismo. Los opositores del libre comercio temen que los esfuerzos por eliminar las barreras proteccionistas conduzcan a una pérdida de empleos en el sector obrero, especialmente en la industria de la fabricación. Piensan que el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica en particular pone en peligro estos empleos. No obstante, como muestra el Gráfico 1, los hechos restan importancia a este temor.

Los estudios revelan que la naturaleza del empleo en Estados Unidos sin dudas está alejándose de la manufactura y acercándose más a los trabajos en el sector relacionado con los servicios o la alta tecnología. Sin embargo, los datos muestran que el comercio libre de Norteamérica con los otros socios del NAFTA, Canadá y Méjico, no ha ocasionado una pérdida adicional de puestos de trabajo en la industria manufacturera. Por el contrario, desde 1994:

Como resultado, el NAFTA no sólo no significó una pérdida de empleos de fábricas en Estados Unidos, sino que tampoco ocasionó un perjuicio a los salarios reales de los trabajadores de la manufactura. El salario real promedio en el sector manufacturero aumentó de $8,03 por hora en 1994 a $8,26 por hora en 1999 (dólares constantes ajustados según la inflación).

Además, se estima que salvar un solo puesto de trabajo en la decaída industria textil y de la indumentaria norteamericana le cuesta a los contribuyentes más de $100.000 por año. La población activa en este sector ha disminuído aproximadamente un 30 por ciento desde 1989 y comprende apenas el 1 por ciento del total del empleo no relacionado con la agricultura. Esta disminución es una consecuencia lógica si se tiene en cuenta que el salario que la industria paga es mucho menor que el salario nacional promedio (casi un 20 por ciento menos en el sector textil y un 33 por ciento menos en el sector de la indumentaria). Estos empleos tan mal pagos se vuelven marginales a medida que los trabajadores buscan mejores remuneraciones en el mercado más amplio. De hecho, durante la década pasada, se abrieron 19 millones de nuevos puestos de trabajo, lo que demuestra que los trabajadores norteamericanos cuentan con muchas oportunidades para encontrar empleo.

Desde que el NAFTA entró en vigencia, el volumen del comercio de EE.UU. con Canadá y Méjico se ha incrementado en más de un 86 por ciento (de $299 mil millones en 1993 a más de $550 mil millones en 1999). Las exportaciones estadounidenses excedieron los $2350 mil millones en 1999, cifra que representó apenas un poco más del 25 por ciento del PBI total y más del 15 por ciento del comercio global.

El crecimiento de la economía de EE.UU. beneficia a los ciudadanos de los países pobres que tienen acceso al mercado norteamericano, en el que tanto la demanda de bienes y servicios como los niveles de remuneración son muchos más elevados que los de sus propios países. El comercio en este nivel permite que las incipientes empresas de estas naciones obtengan capital, y de esa manera, impulsen la producción y fomenten el desarrollo de nuevas industrias. La gente empobrecida logra la oportunidad de ganar mejores salarios, adquirir más bienes y elevar su nivel de vida.

En otras palabras, éste es un plan ventajoso para los norteamericanos y también para la población de países que han sido estancados por la pobreza pese a haber recibido ayuda económica durante años. La ventaja que tienen los países pobres al poder comerciar para obtener capital, en lugar de tener que depender de los ineficaces programas de asistencia que están sujetos a la malversación y al fraude, consiste en que el rendimiento en los sectores privados es mucho más inmediato. La inversión extranjera permite que las industrias nacionales se desarrollen y puedan brindar mejores oportunidades de empleo para los trabajadores locales. Esta dinámica hace que la inversión extranjera directa sea uno de los beneficios más importantes que el libre comercio otorga a las naciones en vías de desarrollo.

Beneficio Nº 3: El libre comercio difunde los valores democráticos.
El libre comercio fomenta el apoyo al estado de derecho. Las empresas que participan en el comercio internacional tienen fundamento para acatar los términos de sus contratos y las leyes y normas internacionales establecidas. La Organización Mundial del Comercio, por ejemplo, obliga a sus miembros a respetar los acuerdos de comercio y, en el caso de disputas comerciales, atenerse a las decisiones del órgano de mediación de la OMC.

Dado que el libre comercio apoya al estado de derecho, al mismo tiempo reduce las oportunidades para la corrupción. En los países en los que no se hacen cumplir los contratos, las relaciones comerciales fracasan, los inversores extranjeros huyen y los capitales permanecen alejados. Es un espiral descendiente que obstaculiza el desarrollo económico en los países en los que la corrupción oficial es generalizada. Según Alejandro Chafuen, Presidente de Atlas Economic Research Foundation, "La verdadera libertad económica es posible solamente bajo un sistema de gobierno limitado que cuente con un estado de derecho fuerte. La libertad económica tiene poco valor si la corrupción en el gobierno hace que sólo unos pocos puedan disfrutarla".

De igual modo, el comercio puede debilitarse en países en los que los oficiales aduaneros esperan recibir comisiones en cada punto de inspección. En África Occidental, los oficiales de aduana suelen detener a los camiones con mercaderías cada cien metros solamente para cobrar otro soborno. Esto fue testificado por Mabousso Thiam, Secretario Ejecutivo de West African Enterprise Network, en 1999 durante el congreso sobre corrupción de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Estos puntos de inspección arbitrarios surgen cuando los países no pueden pagar a sus oficiales salarios razonables, y los obligan así a elegir entre seguir siendo honrados aunque sin poder llevar a su casa dinero suficiente para alimentar a sus familias o a aceptar un soborno ilegal, como muchos lo hacen frecuentemente. Según Kofi Annan, Secretario General de la ONU:

La corrupción se establece sobre la base de todo lo que esté en manos del gobierno. Por eso, para todo se necesita un permiso. La persona encargada de otorgar el permiso quiere un soborno. La persona que concertará la cita quiere un soborno. Así sucesivamente.

El libre comercio, consolidado por el estado de derecho, elimina esos estímulos para la co-rrupción ya que mejora las economías, aumenta la cantidad de empleos mejor remunerados y, finalmente, eleva el nivel de prosperidad.

Sin embargo, el libre comercio no sólo ofrece a la gente bienes y servicios tangibles. También transmite ideas y valores. Una cultura de libertad puede florecer siempre que una gran sociedad, como lo llamó el economista del siglo XVIII Adam Smith, emerja con una seguridad que le permita abrirse al flujo entrante de bienes y a las ideas y costumbres que estos conllevan. Una cultura de libertad puede convertirse en principio y fin de la prosperidad económica.

Beneficio Nº 4: El libre comercio fomenta la libertad económica.
Según lo demuestra el argumento precedente, la capacidad para comerciar libremente incrementa las oportunidades, las opciones y los niveles de vida. Los países que actualmente cuentan con las economías más libres por lo general han adoptado un modelo capitalista de desarrollo económico y permanecen abiertos al comercio y a la inversión internacionales. Estos países incluyen el Reino Unido y muchos de sus antiguos dominios y colonias: Hong Kong, Singapur, Nueva Zelandia, Estados Unidos, Australia y Canadá.

Suiza también ocupa una alta posición; los suizos adoptaron una variante del federalismo norteamericano al elaborar su constitución tomando como modelo la de Estados Unidos. Chile, que se beneficia de una herencia europea heterogénea, demuestra que la definición de políticas económicas sobre la base de un modelo capitalista de mercado libre también produce buenos resultados en esa región.

El análisis de Heritage sobre los 161 países que se incluyen en el Índice de Libertad Económica, que publica anualmente en conjunto con The Wall Street Journal, indica que las políticas de libre comercio pueden fomentar el desarrollo y elevar el nivel de libertad económica. Diariamente, en los mercados de los países libres, los individuos eligen y ejercen un control directo sobre sus propias vidas. Los economistas del Banco Mundial, David Dollar y Aart Kraay observan que, cuando se produce un crecimiento económico, los más pobres se benefician tanto como los más adinerados, y en algunos casos más que ellos. Los países pobres pueden crear un ámbito favorable para el comercio y atractivo para los inversores extranjeros a través de una sólida infraestructura construida sobre la base de la libertad económica, derechos de propiedad asegurados, un poder judicial independiente y justo, el libre flujo de capital y un sistema impositivo razonable y bajo.

Consideremos la experiencia de China y Taiwán. En 1960, el ingreso per cápita real de la República Popular de China se mantenía a casi el mismo nivel que el de la República de China en Taiwán. No obstante, a finales de la década del sesenta, el gobierno de Taipei instituyó amplias reformas para garantizar la propiedad privada, establecer un sistema legal que protegiera los derechos de propiedad e hiciera cumplir los contratos, reformar los sistemas financieros y bancarios, estabilizar los impuestos, distribuir la tierra de dominio público entre los ciudadanos y permitir el desarrollo del mercado. El resultado obtenido por Taiwán ha sido un increíble crecimiento económico. (Ver Gráfico 2.)

El Índice de Libertad Económica 2000 ubica a Taiwán en la posición 11 cuando clasifica las economías más libres del mundo. Su libertad económica trajo aparejada la consolidación de las instituciones democráticas. Por primera vez desde que el partido dominante (el Kuomintang o KMT) estableciera un gobierno en Taipei 50 años atrás, tuvo lugar en Taiwán una transición democrática de poder cuando Chen Shui-bian, candidato de un partido anteriormente ilegal, asumió la presidencia el 20 de mayo de 2000.

A pesar de este éxito, los que se oponen a las relaciones comerciales normales permanentes con China sostienen que la liberalización económica y del comercio no conducirá a la democracia en China ni mejorará su historial de derechos humanos. Estas críticas afirman que la democracia simplemente es un concepto extraño para ese país, argumento que irónicamente repite las murmuraciones de los regímenes autoritarios de Asia sobre los "valores asiáticos". El desarrollo de la libertad económica y política en Taiwán refuta estas afirmaciones y apunta al potencial que esta libertad podría desarrollar en China. Un resultado de este tipo sería beneficioso para Norteamérica ya que acentuaría la estabilidad regional, incrementaría la prosperidad para los chinos y abriría el inmenso mercado de China para los norteamericanos.

El acuerdo de comercio de EE.UU. con China suscrito por el gobierno de Clinton en noviembre de 1999 es un paso en la dirección correcta. Contribuirá con la apertura del mercado chino a las exportaciones estadounidenses y la inversión extranjera directa en un grado increíble. La libertad económica es el beneficio principal de la ampliación del comercio, tanto para las empresas norteamericanas que desean invertir en China como para los mismos ciudadanos chinos. Estos fundamentos básicos de la libertad económica no sólo permitirán a los chinos tener acceso al mundo exterior, sino que también expondrán al gobierno chino al consenso internacional sobre el estado de derecho, y lo obligarán a cumplirlo. Las cuestiones como los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos, que históricamente han sido un obstáculo para las empresas que tratan de hacer negocios en China, se destinarán a un poder superior.

La implementación del sostén principal de los derechos de propiedad y de las políticas de libre mercado es un paso esencial para la creación del tipo de estabilidad de mercado que es importante para los inversores extranjeros. En los países que tienen un estado de derecho sólido que no sufre variaciones con los sucesivos cambios de dirigentes, los inversores se sienten más seguros y dispuestos a asumir riesgos al instalar empresas en naciones en vías de desarrollo. Ésta es una de las razones por las que Taiwán y Hong Kong, por ejemplo, han prosperado en las últimas décadas.

El éxito de Taiwán demuestra que si China abre su mercado, la libertad política y económica tendrá posibilidades ciertas de desarrollarse. Mediante de la aprobación de las relaciones comerciales normales permanentes (PNTR) con China, medida que se convirtió en ley el 11 de Octubre de 2000, los miembros del Congreso de EE.UU. demostraron su confianza en la libertad económica al votar por la asistencia de EE.UU. a este emprendimiento a través de un intercambio económico más libre.

Es razonable plantearse cómo el concepto de libertad económica, cuyos frutos son tan visibles en los países más ricos, puede aplicarse a los países extremadamente pobres cuyas preocupaciones principales son la provisión de alimentos y el acceso al agua corriente y la electricidad. ¿Cómo se sacan conclusiones a partir de una confrontación entre elementos de diferente tenor como es el caso de comparar países prósperos con alta tecnología, en los que los niños navegan cotidianamente en la Internet usando la computadora familiar, con naciones de bajos ingresos como Burkina Faso donde la mayoría de los chicos son parte de una familia que apenas sobrevive con poco más que el cultivo para subsistencia?

El economista de la India, Barun Mitra, lo explica de manera concisa cuando sostiene que "Los comerciantes en un mercado son como los votantes en una democracia. Si el libre flujo de ideas es fundamental para sostener la libertad política y una forma de gobierno democrática, entonces el libre comercio es decisivo para sostener la libertad económica y un mercado eficiente. Después de todo, la `Libertad' es indivisible". Los países que sufren las consecuencias de la corrupción, de una excesiva regulación y de la ausencia del estado de derecho se benefician eliminando las barreras impuestas al comercio y permitiendo a sus ciudadanos participar en forma directa en el mercado global.

Los países asiáticos y los occidentales pueden ser muy dispares en sus culturas y políticas, y es posible evidenciar tanto represión como libertad económica en ambas regiones. Se puede encontrar una estructura básica sobre la cual edificar la libertad económica en países tan dife-rentes como Bahrein (una monarquía árabe), Singapur (una ciudad-estado autócrata), Estados Unidos (una democracia constitucional) y Suiza (un sistema federal de cantones que comprenden cuatro culturas distintas).

En general, África subsahariana sigue siendo la zona más pobre y más económicamente controlada del mundo. Sin embargo, como muestra el análisis realizado en el índice, su pobreza no es el resultado de niveles insuficientes de ayuda extranjera. Según los cálculos realizados sobre una base per cápita, muchos países del África subsahariana reciben los más altos niveles de asistencia económica del mundo. En cambio, las principales causas de la pobreza de esta región son la ausencia de libertad económica caracterizada por políticas autoimpuestas y la corrupción sistemática y desenfrenada.

De hecho, la corrupción es un cáncer para los esfuerzos más legítimos para estimular el desarrollo económico en muchos de estos países. Si bien éste no es un problema exclusivo de África o de las naciones en vías de desarrollo, es más perjudicial para estos últimos. No obstante, la perspectiva para esta región no es desesperanzada. Mauricio, que en el índice obtuvo la mejor clasificación de la región, ha tenido un cierto grado de éxito al adoptar prácticas de libre mercado. Si comparamos a Mauricio con otros países de su región, podemos decir que este pueblo merece puntajes relativamente buenos con relación a la actividad en el mercado negro y a la regulación.

Los resultados del índice relacionados con África subsahariana ponen en duda la afirmación que postula que grandes transferencias de riqueza de naciones industrializadas hacia el mundo menos desarrollado producirán un crecimiento económico en este último. Los habitantes de Zimbabwe y Congo, para mencionar sólo dos ejemplos, no son pobres porque la gente de Occidente no comparte suficiente riqueza con ellos. Lo son porque sus gobiernos persiguen políticas económicas destructivas que reducen la actividad de libre empresa o permiten que las prácticas corruptas debiliten el estado de derecho. Sólo cuando los regímenes de gobierno de los países aumenten la libertad económica y desplieguen el poder del libre mercado, estos pueblos podrán aventurarse en el camino hacia la prosperidad. Toda medida que carezca de políticas de libre comercio seguirá siendo desacertada en materia económica y también inhumana.

Estados Unidos puede impulsar la libertad económica de estos países a través de medios más efectivos que la asistencia económica. Como se comentó anteriormente, Estados Unidos impone aranceles que incrementan el costo de la venta de productos en EE.UU. y hace que los artículos importados sean menos competitivos que los productos locales. Si bien en Norteamérica la tasa arancelaria promedio del 2 por ciento es baja en relación con el estándar global, este país no aplica equitativamente la tasa arancelaria para los productos que compra a sus socios comerciales. Por el contrario, impone aranceles de acuerdo con los tipos de artículos que llegan a las costas norteamericanas.

Lamentablemente, los artículos que están sujetos a los aranceles más altos de EE.UU. son, precisamente, los producidos por los países más pobres, como los productos agrícolas, los textiles y la indumentaria. El alto nivel de aranceles, junto con el impacto de las cuotas, constituye un gran impedimento para los países que se esfuerzan por lograr una presencia en el mercado global y por sacar a su gente de la pobreza.

Esta disparidad en las tasas arancelarias existe en primer lugar debido a que los países pobres exportan mayormente artículos que en EE.UU. están sujetos a aranceles altos. Los países de bajos ingresos desarrollan industrias que satisfacen las necesidades básicas de sus ciudadanos y que tienen una ventaja comparativa. La industria textil y de la indumentaria y la agricultura son actividades económicas claves porque satisfacen necesidades locales y no requieren maquinaria sofisticada ni grandes cantidades de capital para obtener una ganancia. Lo que sí requieren (y lo que estas naciones poseen) es una inmensa fuerza laboral.

En el caso de Nepal y de Bangladesh, los textiles y la indumentaria representan el 85 y el 77 por ciento del total de las exportaciones, respectivamente. Cada uno de estos países cuenta con un PBI per cápita inferior a $300, y encuentran grandes obstáculos cuando intentan vender sus productos en el mercado estadounidense. Las tasas arancelarias promedio que aplica EE.UU. a los productos de los países en cuestión son del 13,2 por ciento y 13,6 por ciento, respectivamente (cifra seis veces mayor a la del promedio de EE.UU.).

El impacto de estos aranceles depende de su magnitud y de la reacción de los consumidores norteamericanos hacia las variaciones en los precios de los productos. En el caso de algunos textiles e indumentarias o de importaciones agrícolas, los consumidores son muy sensibles a las variaciones de precios y a comprar un producto nacional en lugar de uno importado si este último se encareciese demasiado. Por ejemplo, por cada aumento del 1 por ciento en la tasa arancelaria sobre telas tejidas importadas, el consumo de telas tejidas nacionales aumenta más del 2,9 por ciento. De esta manera, incluso un pequeño incremento en la tasa arancelaria desalentará la compra, y finalmente la producción, de estas importaciones, restringiendo así ante todo el acceso de países en vías de desarrollo al gran mercado de Norteamérica.

Irónicamente, todos los beneficios que los aranceles puedan representar para la economía de EE.UU. son minúsculos en comparación con el costo total que los norteamericanos pagan por esta protección. Los economistas del Instituto de Economía Internacional (IIE) estiman que los consumidores ahorrarían $70 mil millones si Estados Unidos eliminara todos los aranceles y las restricciones cuantitativas sobre las importaciones (o alrededor de $750 por grupo familiar norteamericano). Con la liberalización del sector de textiles e indumentaria, se lograría juntar aproximadamente un 35 por ciento de estas ganancias, es decir $24,4 mil millones. Éste es el objetivo del Acuerdo sobre Textiles e Indumentaria que exige que se eliminen todas las cuotas sobre las importaciones de textiles para el año 2005.

A fin de cuentas, los aranceles que Estados Unidos aplica para proteger un sector que evidentemente se encuentra decaído impondrán un costo significativo sobre los consumidores norteamericanos y los habitantes de países de bajos ingresos que fabrican los productos y que carecen de otras oportunidades de trabajo. Cuando en Bangladesh o en Nepal cierra una fábrica (en parte debido al impacto de los excesivos aranceles de EE.UU. sobre sus productos), el desempleado no cuenta con una red de seguridad y tiene pocas alternativas.

Contrariamente, Estados Unidos ofrece a los trabajadores desplazados numerosas oportunidades para encontrar nuevos empleos. El programa de Asistencia para el Ajuste del Comercio, por ejemplo, ayuda a que las personas que perdieron su trabajo en el sector de la manufactura como resultado de las importaciones extranjeras puedan solicitar seguros de desempleo y reciban capacitación laboral y apoyo en la búsqueda y reinserción laboral. En Norteamérica, el desempleado generalmente encuentra un nuevo empleo en el término medio de 6,4 semanas.

La mejor forma de ayudar a los norteamericanos y a los pueblos del mundo en desarrollo es través de la reducción de los aranceles, la promoción de acuerdos de libre comercio bilaterales y regionales y la participación en la Organización Mundial del Comercio para fomentar el comercio internacional. La aprobación de la ley de PNTR con China es prueba del compromiso de Norteamérica con el libre comercio y una ocasión crucial para mejorar las opciones y oportunidades económicas de los habitantes tanto de Estados Unidos como de China.

Las sociedades que instituyen políticas de libre comercio crean su propio dinamismo económico y propician una fuente de libertad, oportunidad y prosperidad que beneficia a todos los ciudadanos. En los últimos años, Estados Unidos ha demostrado el poder de este principio. No sólo los norteamericanos se benefician de aquellas políticas de libre comercio que EE.UU. implementa. Al interrumpir el ciclo de la pobreza, estas políticas permiten que hasta los países más empobrecidos comiencen a forjar su propia dinámica hacia la prosperidad.

No obstante, y a pesar de la evidencia que demuestra lo contrario, los que se oponen al libre comercio seguirán proclamando el viejo argumento: "los empleos derivados de la globalización a menudo son menos sustentadores y seguros que los medios de vida eliminados por ella [en los países pobres]". Dicho razonamiento presupone que en esas naciones ha existido anteriormente algún tipo de utopía agraria y que sus pueblos no disfrutarán de los beneficios del desarrollo económico.

El clamor por detener esta ola de progreso económico que la tecnología y la innovación traen aparejada es similar a la opinión de que Estados Unidos, para mencionar sólo un ejemplo, estaba en una mejor posición económica antes de la Revolución Industrial. Sin bien se puede argumentar que esto era verdad en el caso de los hombres blancos pertenecientes a las clases terratenientes (aunque incluso en este aspecto la afirmación es dudosa), en el caso de la mayoría de la población que no gozaba de esos lujos, la calidad de vida ha mejorado inconmensurablemente.

La Revolución Industrial trajo libertad de movimiento y aumentó las oportunidades para todos los niveles económicos de la sociedad. También sentó las bases para un progreso democrático y social de una magnitud tal que antes habría sido imposible. Aúnque la historia sugiere que esta nueva era de globalización del mercado podría ser acompañada por nuevos problemas cuya solución residirá en el poder de la innovación y el ingenio humanos, esta era también presenta un nivel de oportunidad sin precedentes para que las personas puedan alcanzar la libertad económica y una mayor prosperidad.

Denise H. Froning es Analista de Política de Comercio Internacional en el Centro de Comercio Internacional y Economía (CITE) de The Heritage Foundation. Este estudio apareció originalmente en Inglés como Backgrounder nro. 1391, "The Benefits of Free Trade: A Guide for Policymakers", el 25 de Agosto de 2000.

Proteccionismo vs libre mercado

Fichero: proteccionismo_vs_libre_mercado.pdf Tamaño: 18.3 KB Autor: javi

Libre comercio versus proteccionismo

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por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Pocas medidas gubernamentales le hacen más daño a la gente que la politización de las decisiones económicas, al impedir que el mercado funcione. Es decir, no permitir que los ciudadanos tomemos libremente nuestras propias decisiones económicas es uno de los mayores daños que los políticos nos hacen. Por ello es sorprendente que en las actuales discusiones en el Congreso de Estados Unidos sobre las relaciones económicas con China y en los reportajes de la prensa se tienda a dejar fuera la razón principal para eliminar las trabas oficiales: el libre intercambio le conviene tanto a los estadounidenses como a los chinos.

No pongo en duda las buenas intenciones de los abanderados de derechos humanos que se oponen a que Estados Unidos conceda "relaciones comerciales normales y permanentes" a China. Ellos piensan que la examinación y renovación anual de las relaciones comerciales -como se ha venido haciendo desde 1979- les da un arma para presionar a las autoridades comunistas para que traten mejor a los disidentes y a grupos religiosos que no comulgan con el comunismo. Pero, en realidad, el camino más rápido hacia la democracia es que la gente común y corriente pueda pensar sobre otra cosa que comer completo cada día. En este sentido, el emergente capitalismo en China está creando una creciente clase media, cada día más independiente de los políticos comunistas y más en onda con la globalización. Pero, en Estados Unidos, líderes sindicales y empresarios proteccionistas utilizan los bonitos argumentos de los derechos humanos, aunque lo que realmente les interesa es mantener sus ventajas y privilegios a costa del consumidor.

Por otra parte, quienes se atemorizan del déficit comercial con China no quieren darse cuenta que lo que beneficia al país no es lo que exportamos sino lo que importamos. Lo que el país exporta beneficia, sin lugar a dudas, a los dueños y trabajadores de las empresas que ahora venden mercancías y servicios a los chinos, un número más o menos limitado. Pero los que nos beneficiamos de las importaciones de China somos todos porque ahora compramos ropa, zapatos deportivos, aparatos electrónicos y cientos de otros productos que los chinos están en capacidad de producir y vendernos a una fracción del precio que tendríamos que pagar por esos mismos productos manufacturados en Norteamérica. Para dar sólo un ejemplo: por varios siglos la ropa de seda estaba sólo al alcance de la gente rica. Hoy, gracias al comercio con China, la seda está al alcance de norteamericanos de bajos ingresos. Es decir, el libre comercio aumenta el nivel de vida de las masas, ya que son esas masas las que no pueden pagar la diferencia de precio que impone un arancel o una cuota de importación, medidas oficiales diseñadas para favorecer a ciertos y determinados grupos de presión cercanos a los corredores del poder.

El argumento económico del libre comercio fue claramente expuesto por el economista inglés David Ricardo (1772-1823) y es increíble que dos siglos más tarde una idea tan fundamental como esta no haya todavía calado totalmente en la clase política. Ricardo hablaba de los costos comparativos, hoy mejor conocidos como ventajas comparativas. Ellas comprueban que inclusive en el caso de que un país pueda producir absolutamente todo más barato que en el exterior, le conviene a su gente especializarse en la producción de bienes servicios donde la ventaja económica es mayor, importando todo lo demás. Esta realidad económica es lo que asegura que la globalización beneficia a todos los habitantes de la Tierra, exceptuando sólo aquellos que perciben altas rentas debido a privilegios políticos.

Como siempre sucede, quienes más vociferan son quienes están en peligro de perder sus privilegios, en este caso los textileros y la industria de la confección. Ellos se benefician directamente de los 24.400 millones de dólares que los estadounidenses todavía pagan en sobreprecio por su vestimenta y las telas que adquieren. Andrew Tanzer, de la revista Forbes, estima que las cuotas de importación hace que un suéter que se vendería en $32 le cuesta al consumidor $44. Los consumidores no vamos a salir a manifestar en las calles por $12, pero los empresarios proteccionistas y los congresistas que representan los estados con alta concentración de industrias textiles sí están dispuestos a dar la pelea.

También es interesante notar que los trabajadores que se aferran a sus puestos en industrias no competitivas y, por lo tanto, en franca decadencia, no se benefician. Por el contrario, los trabajadores despedidos de la industria de la confección están hoy en día ganando 34 por ciento más en otras labores.

Recordemos también que fue David Ricardo quien primero acusó al Banco de Inglaterra, en 1809, de ser el culpable de la inflación, al imprimir demasiados billetes, por lo que los políticos en Washington no serían los únicos que hoy aprenderían mucho leyendo sus textos de economía.©

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

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por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Pocas medidas gubernamentales le hacen más daño a la gente que la politización de las decisiones económicas, al impedir que el mercado funcione. Es decir, no permitir que los ciudadanos tomemos libremente nuestras propias decisiones económicas es uno de los mayores daños que los políticos nos hacen. Por ello es sorprendente que en las actuales discusiones en el Congreso de Estados Unidos sobre las relaciones económicas con China y en los reportajes de la prensa se tienda a dejar fuera la razón principal para eliminar las trabas oficiales: el libre intercambio le conviene tanto a los estadounidenses como a los chinos.

No pongo en duda las buenas intenciones de los abanderados de derechos humanos que se oponen a que Estados Unidos conceda "relaciones comerciales normales y permanentes" a China. Ellos piensan que la examinación y renovación anual de las relaciones comerciales -como se ha venido haciendo desde 1979- les da un arma para presionar a las autoridades comunistas para que traten mejor a los disidentes y a grupos religiosos que no comulgan con el comunismo. Pero, en realidad, el camino más rápido hacia la democracia es que la gente común y corriente pueda pensar sobre otra cosa que comer completo cada día. En este sentido, el emergente capitalismo en China está creando una creciente clase media, cada día más independiente de los políticos comunistas y más en onda con la globalización. Pero, en Estados Unidos, líderes sindicales y empresarios proteccionistas utilizan los bonitos argumentos de los derechos humanos, aunque lo que realmente les interesa es mantener sus ventajas y privilegios a costa del consumidor.

Por otra parte, quienes se atemorizan del déficit comercial con China no quieren darse cuenta que lo que beneficia al país no es lo que exportamos sino lo que importamos. Lo que el país exporta beneficia, sin lugar a dudas, a los dueños y trabajadores de las empresas que ahora venden mercancías y servicios a los chinos, un número más o menos limitado. Pero los que nos beneficiamos de las importaciones de China somos todos porque ahora compramos ropa, zapatos deportivos, aparatos electrónicos y cientos de otros productos que los chinos están en capacidad de producir y vendernos a una fracción del precio que tendríamos que pagar por esos mismos productos manufacturados en Norteamérica. Para dar sólo un ejemplo: por varios siglos la ropa de seda estaba sólo al alcance de la gente rica. Hoy, gracias al comercio con China, la seda está al alcance de norteamericanos de bajos ingresos. Es decir, el libre comercio aumenta el nivel de vida de las masas, ya que son esas masas las que no pueden pagar la diferencia de precio que impone un arancel o una cuota de importación, medidas oficiales diseñadas para favorecer a ciertos y determinados grupos de presión cercanos a los corredores del poder.

El argumento económico del libre comercio fue claramente expuesto por el economista inglés David Ricardo (1772-1823) y es increíble que dos siglos más tarde una idea tan fundamental como esta no haya todavía calado totalmente en la clase política. Ricardo hablaba de los costos comparativos, hoy mejor conocidos como ventajas comparativas. Ellas comprueban que inclusive en el caso de que un país pueda producir absolutamente todo más barato que en el exterior, le conviene a su gente especializarse en la producción de bienes servicios donde la ventaja económica es mayor, importando todo lo demás. Esta realidad económica es lo que asegura que la globalización beneficia a todos los habitantes de la Tierra, exceptuando sólo aquellos que perciben altas rentas debido a privilegios políticos.

Como siempre sucede, quienes más vociferan son quienes están en peligro de perder sus privilegios, en este caso los textileros y la industria de la confección. Ellos se benefician directamente de los 24.400 millones de dólares que los estadounidenses todavía pagan en sobreprecio por su vestimenta y las telas que adquieren. Andrew Tanzer, de la revista Forbes, estima que las cuotas de importación hace que un suéter que se vendería en $32 le cuesta al consumidor $44. Los consumidores no vamos a salir a manifestar en las calles por $12, pero los empresarios proteccionistas y los congresistas que representan los estados con alta concentración de industrias textiles sí están dispuestos a dar la pelea.

También es interesante notar que los trabajadores que se aferran a sus puestos en industrias no competitivas y, por lo tanto, en franca decadencia, no se benefician. Por el contrario, los trabajadores despedidos de la industria de la confección están hoy en día ganando 34 por ciento más en otras labores.

Recordemos también que fue David Ricardo quien primero acusó al Banco de Inglaterra, en 1809, de ser el culpable de la inflación, al imprimir demasiados billetes, por lo que los políticos en Washington no serían los únicos que hoy aprenderían mucho leyendo sus textos de economía.©

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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¿Proteccionismo o Libre Comercio? 1º Parte

¿Proteccionismo o Libre Comercio? 1º Parte

¿Proteccionismo o Libre Comercio? 2º Parte

¿Proteccionismo o Libre Comercio? 2º Parte